Lo más importante no es cuanto dura, sino como. No me importa comer en un cuarto de hora si es contigo. Extraño mirar fugazmente a alguien aunque sea improcedente. Tal vez en estos momentos esté caducando la última bala que llevo en el revólver. Y soy consciente de ello. La última esperanza. Es la bala que mata para siempre, no hay vuelta atrás. Quizás caduca porque no quiero afrontarme a ello. Porque lo sé, y lo que viene después es más duro todavía.
Podría hacerme un collar con la bala. Podría contener un chip conectado al sistema nervioso central, y desprender calor o frío según la hora del día. Ser fusiforme según los pensamientos. Teñirse de color transparente al pasar por los controles del aeropuerto y de cobre después. Con la bala que nunca me atreví a disparar.
Llevo un agujero justo en medio de la frente. Recuerdo de mi última batalla, la más intensa. Y todo por culpa de no querer utilizar la bala que me quedaba. Esa que todavía conservo.
La que res-bala.
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1 comentario:
impresionante texto, muy bueno
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