martes, 27 de noviembre de 2007

París en invierno


Nunca he soportado el frío. Cuando tengo frío se me encogen las costillas, el pecho. Es como si llevara un corsé apretado al máximo. Empiezo a tiritar, los dientes se convierten en castañuelas como cuando de pequeño salía de la bañera esperando que la gran toalla en manos de mi madre cayera sobre mí. No me gusta llevar corsé ni que me encojan el pecho. 
Entonces me giré con intención de encontrar sus ojos abiertos, expectantes de calor. Con o sin legañas, hinchados por el sueño reparador, brillantes o no, pero abiertos. ¿Por qué se empeñan en hacernos creer que estamos feos al despertar? ¿Por qué en los anuncios de champús y gominas siempre sale un recién levantado como icono antiestético? Se que cuando me gire le veré más guapo que nunca, el hombre más guapo del mundo. Le despeinaré un poco más para que parezca salido de un anuncio de productos para el cabello. Desaliñado y adormecido, el estado perfecto para que no se resista a mis besos.
Quizás una habitación de hotel sea uno de los lugares más fríos para pasar la noche. Aunque puede llegar a convertirse en el lugar más candente si estás con quién más deseas. París en febrero no es candente en absoluto, pero sentía que estaban siendo los días más cálidos de mi invierno. Me abrigaban sus manos más que los guantes. Me resguardaba su brazo más que la bufanda a rayas verdes y grises. No necesitaba protector labial. 
Había pensado en París en abril, en París en otoño, en París en verano. El invierno en París es inpensable.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Can.Sancio




Cuando esté seca del todo, irá desapareciendo despacio, limpia y sin alcohol. El cansancio está empezando a dejar huella. Como una marca de neumáticos en el asfalto, un pequeño socavón. La respiración agoniza. Alimentación a base de galletas con chocolate blanco y cigarrillos. Los sueños dejan de reparar para recordar lo que no quiero. Cansan, se repiten, te repiten. No quiero soñar más. Creo que pierdo más tiempo intentando no pensar que si asumiera que todavía pienso. Descartes cree que piensa y luego existe. Yo si pienso, dejo de existir.

Con el pañuelo con el que taponé la herida, mañana me haré una camiseta. O mejor un vestido para perro. Para perra. Sin lavar, con las rojeces intactas. Entonces esa perra empezará a sollozar, a respirar cada vez más lentamente, a notar el cansancio en sus ladridos. Dormirá en su cesta estampada y soñará con un perro más grande que la muerde. Primero una oreja, luego una pata. El miedo a quedarse dormida será cada vez mayor. Querrá pasear más de lo habitual, correr calle arriba, ir a buscar cuatro pelotas a la vez. Querrá perder el aliento y caer rendida antes de que llegue la noche. Para no soñar. Para no volver a ver ese perro maduro que la mordió primero en la oreja, luego en la pata. Después en el pecho.

Si no estuviera tan cansado, hoy incluso sonreiría al cantar. Incluso intentaría sonreir.

sábado, 10 de noviembre de 2007

MM.


Quizás la mejor forma de tomar tequila no sea con limón y sal, sino contigo. Tenerte cerca altera, encanta. Sólo una tarde y media noche. Como mirar películas de Paul Newman, no me cansaría nunca. Visita fugaz, como una estrella de gira.

Piensas que la tierra que pisas empequeñece día a día, disminuye cada minuto. Piensas que el cambio climático avanza 35 veces más deprisa a tu alrededor que en otra parte del mundo. La costa empieza a desaparecer en la oscuridad y te subes a la torre más alta de la isla. Desde allí arriba giras sobre ti misma, observando alertada la inmensidad que se acerca, que te asalta. Incluso trepas por el pararayos con torpeza, hasta que no puedes más. Tus oídos entonan la canción.

Una intensa luz sobre ti. Te ciega y la confundes con la del túnel. Piensas en desprenderte del hierro, tirarte o caer. A modo de final miras el cielo aclamando algo en lo que no crees y te das cuenta. El final del helicóptero y sus faros que están a punto de llevarte lejos, muy lejos, para dejar atrás la tierra hundida, el lodo y sus larvas. Aturdida y despeinada, buscas el piloto en la cabina. Sin gafas pero, no consigues ver nada ni a nadie. Una frase es suficiente para darte cuenta de donde estás, quién te lleva y adonde vas:
- La tierra prometida nos espera, MelindraMía.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Consumir preferentemente antes D


Fué en un restaurante italiano donde me di cuenta de que tu mentira había caducado. Cenando con mis parientes, sus respectivas y amigos, nos encontramos con una camarera estresada que para amenizar su dura labor, introducía un número barato de teatro-café. Y lo puso en práctica en nuestro grupo. Al comensal más revoltoso, más agitado o más parlanchín. Ese fué la víctima de su gag, que consisitía en ir metiéndose con él durante toda la cena hasta llegar al momento de los cafés. Entonces como si nada, le acercaba su cortado descafeinado de máquina y con el dedo gordo empujaba la tacita vacía sobre su camisa, cual la más torpe de su gremio. Del estupor general a la risa más ruidosa. Ante la relación establecida durante toda la cena más el mini episodio teatral producido entre los dos, nos sentimos todos especiales. Había elegido nuestra mesa y no otra. Había preparado ese truco y le había salido bien, arrancando las carcajadas de cada uno de los que habíamos presenciado el show. Éramos especiales porque ninguna otra mesa se había reído tanto, porque la camarera nos servía con gusto y no por obligación. Sólo a nosotros.
Hace dos semanas volví al restaurante italiano en cuestión. Esperando a ser atendidos, divisé la misma camarera. Se había cortado el pelo. Vi como preparaba los platitos de café, las cucharitas. Entonces la pillé como enganchaba un hilo a su dedo gordo y lo ataba a la asa de la tacita. La especialidad de la casa. Poco tiempo después, con paso firme se dirigió a una mesa, que no la nuestra, y repitió la misma escena. La misma reacción. El mismo sentimiento compartido entre los comensales.

Gracias a esa camarera hoy me doy cuenta de que tu también lo tenias preparado. Ya no puedo sentirme especial por como me mordías o por como me llamabas. Seguro que ahora el especial es otro. Y pronto será otro. Me habías hecho sentir muy rico, el hombre más rico del planeta. Que pena que tus billetes fueran de monopoli.

A de amargo

Lo tengo enfrente de mi ventana, cada día y a todas horas. Lo tengo claro.

No me importa tumbarme en un sofá húmedo, siempre y cuando sea de lluvia. Detrás de los barrotes vamos a construir nuestro microclima, también para la maceta mayor y la aloe vera. En ese estadio sin cojines pasaremos las mejores veladas, sin que las miradas ajenas puedan interrumpir la dirección de mis palabras ni la parábola de tus retinas. Enmarcados en un fondo blanco, el hierro se convertirá en la cuarta pared. El techo oscuro salpicado subirá hasta lo más alto.

Ya no hablamos con vocales. Simplemente nos miramos. La i de ingenuos. La a de amargo. La e que contiene tu nombre. La o de ocultos. La u no la usamos.
Nunca me fío de un hombre que no bebe. Ni de nadie que lleve siempre los zapatos relucientes. En nuestro tejado iremos descalzos, etílicos de vocales. Desnudos para comer, como a ti te gusta.
Sólo a una calle de distancia.

A todas horas y cada día enfrente de mi ventana, lo tengo. Claro.