
Nunca he soportado el frío. Cuando tengo frío se me encogen las costillas, el pecho. Es como si llevara un corsé apretado al máximo. Empiezo a tiritar, los dientes se convierten en castañuelas como cuando de pequeño salía de la bañera esperando que la gran toalla en manos de mi madre cayera sobre mí. No me gusta llevar corsé ni que me encojan el pecho.
Entonces me giré con intención de encontrar sus ojos abiertos, expectantes de calor. Con o sin legañas, hinchados por el sueño reparador, brillantes o no, pero abiertos. ¿Por qué se empeñan en hacernos creer que estamos feos al despertar? ¿Por qué en los anuncios de champús y gominas siempre sale un recién levantado como icono antiestético? Se que cuando me gire le veré más guapo que nunca, el hombre más guapo del mundo. Le despeinaré un poco más para que parezca salido de un anuncio de productos para el cabello. Desaliñado y adormecido, el estado perfecto para que no se resista a mis besos.
Quizás una habitación de hotel sea uno de los lugares más fríos para pasar la noche. Aunque puede llegar a convertirse en el lugar más candente si estás con quién más deseas. París en febrero no es candente en absoluto, pero sentía que estaban siendo los días más cálidos de mi invierno. Me abrigaban sus manos más que los guantes. Me resguardaba su brazo más que la bufanda a rayas verdes y grises. No necesitaba protector labial.
Había pensado en París en abril, en París en otoño, en París en verano. El invierno en París es inpensable.


