Esa oveja que todos miran de forma extraña camina levantando las rodillas más de lo normal. Esa oveja llega tarde, siempre tarde. Después de una temporada ausente quiere recuperar algo del tiempo que no estuvo. Apenas lo intenta porque sólo con las miradas entiende todo lo demás. Se encoge bajo el árbol de hojas grandes esperando a que una de ellas le caiga encima de forma otoñal, tapándole la cara como si fuera sin querer. La humedad de la hierba empieza a calar. La lana se enfría. Porque el negro no sólo absorbe los rayos UVA con más intensidad. La niebla también.
Puede que los pulmones de fumador no sean tan feos como dicen. Espolvoreados de alquitrán. Del color de la elegancia. Incluso puede que mejor aprovechados. Sobrios y decrépitos. La nota de color en nuestro interior que se pudre minuto a minuto. Notas negras que suenan a niebla fría.
Esquiladas todas las ovejas parecen la misma. Y los pulmones invisibles al observador común. Pero basta con escuchar su voz para saber de que color se tiñe su corazón. Basta con acercarte a su tacto para saber que su lana no es blanco roto sino polvo de alquitrán.