lunes, 24 de diciembre de 2007

Es la lana de la oveja negra la que da más calor

 

Esa oveja que todos miran de forma extraña camina levantando las rodillas más de lo normal. Esa oveja llega tarde, siempre tarde. Después de una temporada ausente quiere recuperar algo del tiempo que no estuvo. Apenas lo intenta porque sólo con las miradas entiende todo lo demás. Se encoge bajo el árbol de hojas grandes esperando a que una de ellas le caiga encima de forma otoñal, tapándole la cara como si fuera sin querer. La humedad de la hierba empieza a calar. La lana se enfría. Porque el negro no sólo absorbe los rayos UVA con más intensidad. La niebla también.

Puede que los pulmones de fumador no sean tan feos como dicen. Espolvoreados de alquitrán. Del color de la elegancia. Incluso puede que mejor aprovechados. Sobrios y decrépitos. La nota de color en nuestro interior que se pudre minuto a minuto. Notas negras que suenan a niebla fría. 

Esquiladas todas las ovejas parecen la misma. Y los pulmones invisibles al observador común. Pero basta con escuchar su voz para saber de que color se tiñe su corazón. Basta con acercarte a su tacto para saber que su lana no es blanco roto sino polvo de alquitrán. 

martes, 18 de diciembre de 2007

Agujas de barro

Victoria Preston solía usar zapatos de tacón. De aguja. El color le daba igual. Total, tenía vestidos de todos los colores. Nacida en Dakota, nunca quiso cortarse el flequillo. Se pasó días y días escondida, con la mirada refugiada del viento, del sol, de la arena que vuela en remolinos invernales. Aunque parezca la mayor dicotomía del mundo, ella sabía que podía usar los tacones más elegantes de América y esconder la mirada a la vez. Al igual que se puede ser sutil y potente al mismo tiempo. Y quién diga lo contrario se equivoca.
Victoria. No sirves para desfilar le dijeron un día de abril. Ella sonrió amablemente, cogió su bolso enorme de piel color camel y se marchó. Pero esa vez, sin agachar la vista. Quizás si hubiese llegado a ese sitio con la misma mirada con la que salió, hoy seria Peggy Lee.
Preston era como la llamaban sus amigas del trabajo. Seguramente consideraban que su nombre era demasiado optimista para sus ojos.
Es una pena que siempre nos consideren los demás. ¿Alguien ha llegado a considerarse a si mismo alguna vez? Cuando uno se considera es vanidoso. Aunque sea para mal, es esa especie de energúmeno prepotente. Porque nadie puede considerarse a si mismo. Supongo que lo pone en la Biblia. El día que Victoria lo hizo no quiso haberlo hecho nunca.
Consideró que si contemplaba el mundo montada en 14cms vería vida que otros no veían. Consideró esa perspectiva estética y estilizó su cotidianidad.
No consideró pero, que también existe la hierba mojada y su perfume.
No consideró que los días de lluvia las superficies se empapan de barro.
Hasta que metió el tacón hasta el fondo.


lunes, 17 de diciembre de 2007

Disparar o no

Lo más importante no es cuanto dura, sino como. No me importa comer en un cuarto de hora si es contigo. Extraño mirar fugazmente a alguien aunque sea improcedente. Tal vez en estos momentos esté caducando la última bala que llevo en el revólver. Y soy consciente de ello. La última esperanza. Es la bala que mata para siempre, no hay vuelta atrás. Quizás caduca porque no quiero afrontarme a ello. Porque lo sé, y lo que viene después es más duro todavía.
Podría hacerme un collar con la bala. Podría contener un chip conectado al sistema nervioso central, y desprender calor o frío según la hora del día. Ser fusiforme según los pensamientos. Teñirse de color transparente al pasar por los controles del aeropuerto y de cobre después. Con la bala que nunca me atreví a disparar.
Llevo un agujero justo en medio de la frente. Recuerdo de mi última batalla, la más intensa. Y todo por culpa de no querer utilizar la bala que me quedaba. Esa que todavía conservo.
La que res-bala.

domingo, 2 de diciembre de 2007

Mate; del verbo matar

Supe que me querías por el brillo de tus ojos. Nunca me lo dijiste, y nunca lo hubieses hecho. Tampoco me hacía falta oírlo. Lo sabía por tus ojos. En la habitación más oscura, en el sueño más profundo, veía como brillaban en cualquier estado. Ebrio, cansado, disperso, orgásmico. Ojos manga, enormes hablaban por si solos. Porque nada resplandece más que la luz sobre fondo negro. Negruzcos los tuyos. Esa retícula como la que tienen los cocodrilos no perecía. Mirabas cándido todo lo que te rodeaba, incluso a mí.
Un día te lo comenté, y extrañado no supiste que decir. Un leve parpadeo hizo que perdiera su visión por un momento. En cambio yo, esos días tenía respuesta a todo. Los semáforos de noche brillaban todavía más, incluso me parecían decorativos. Desaparecieron los grises en mi vida y encontraba el porqué más lógico hasta en las dudas más existenciales. Solo esos días entendí porqué vuelan los aviones y la importancia de la fotosíntesis aplicada al clima tropical. Solo esos días. Esos días. Esos.

Me bastó con ver tus ojos mate…