martes, 30 de octubre de 2007

Cosecha del 007


No se que me pasa, pero desde que tomé la decisión de que no volverías a ayudarme a escribir me he quedado bloqueado. El escritor bloqueado, ese que tiene la chicha pero no consigue sacarla de sus entrañas. La mano con picadura de avispa, de la que no sale el veneno ni con barro, ni con amoníaco, ni con meado. Tal vez no sea tan fácil despedirme de ti. Tal vez no solo sea hacerlo, sino que incluso me lo tengo que creer.
Estoy seguro que me serás más útil en el recuerdo. Recuerdo sano pero como si te hubieses dejado un libro en casa. Entonces el libro en esa estantería de marfil solo se abrirá cuando necesite escupir. Extraer eso que me bloquea por querer pegar un portazo cuando en realidad no es mi estilo para nada. La puerta se tiene que acompañar con tacto, hasta el final, sin fuerza sino con armonía hasta que cierra. Así es como se consigue un cierre mucho más suave, menos ruidoso y las paredes del piso no tiemblan.
La gente que pega portazos carece de sensibilidad periférica. Incluso diría que tienen subdesarrollado el don de las relaciones afectivas entre personas. La gente que pega portazos no sabe que de un soplo estan derribando el castillo de naipes más bonito que han visto en su vida. Esa gente no tiene ni idea de lo que pierden cada vez que se junta puerta con marco. Hasta que tragan saliva y parpadean.
No intento hacer pasar el agua por donde no quiere. Tampoco puedo reciclar las pilas porque no se donde hacerlo. Lo que sí se es que el vino, para que sea bueno, con cuerpo, tiene que reposar. Al igual que tu recuerdo, que tu perdón.
En mi memoria reside el mantonegro. En la tuya, vinagre de módena.

jueves, 25 de octubre de 2007

My baby shot me down


He decidido que cuando vuelva a caer, lo haré sin previo aviso. No te daras cuenta, ni lo notarás. Será un domingo, a primera hora del día, entre mordisco y mordisco de croissant. Como un escalofrío, rápido y eficaz. Desde la nuca hasta la útlima vértebra de mi cuello de jirafa. Ni los pelos de punta, ni los ojos brillantes. Un clima de Rothko.
He decidido que cuando vuelva a nadar, nunca sabrás que lo hago. Con los bañadores secos, las gotas de agua repelerán mi piel como si fuera impermeable. Sumergido sin mojarme, contaré diez bajo el agua con los ojos bien abiertos, sintiendo la sal en ellos. Ni las olas ni las gaviotas... pasaré inadvertido en mi cayuco de lana.
He decidido que cuando vuelva a comer, nunca sabrás que hay de menú. Haré mis antojos realidad, y no por eso dejaré de adelgazar. Porque a mi tampoco me obligaban a comer lechuga de pequeño. Ni lentejas ni pescado. No todo el mundo puede tener una abuela cocinera en el colegio. Saludable sin hacer dieta. Rico en proteínas y zinc. Todo, menos fuerte.
He decidido que cuando vuelva a ser fuerte...
En cambio tu, te arrancarás una pestaña, después otra, y otra. Te pellizcarás los párpados con rabia. Te volverás irascible y gritarás a los coches infractores. Te pasarás de la raya. Empezarás a dar patadas a los postes de las farolas, a los cristales de las tiendas. Te arderá el pecho. Verás sangre en tus labios y te arrodillarás. Tu agonía durará lo que dura un semáforo en rojo. Breve e intensa. ¿No es así como te gusta?

lunes, 22 de octubre de 2007

Se alquila


Es absurdo desperdiciar lo que uno te puede aportar. Es absurdo despreciar lo que alguien te quiere regalar. La absurdidad está al orden del día, esto está más que claro. Diría incluso que está de moda. Mi pregunta es qué hago yo con esto ahora. Si lo lanzo por el balcón, con un poco de suerte puede que caiga en martes, día de recogida de trastos viejos, y el primer transeunte curioso se pare a investigar que es. Aunque tampoco está tan viejo como para esperar al martes. También lo puedo excretar, expulsarlo de mi cuerpo y esperar a que algún coprófago se ponga las botas. Podría traducirlo al xino mandarín. O quizás enviarlo por mrw con el descuento de estudiante a la isla más pequeña de las Seychelles.

Mas a mí ya no me sirve de nada. Está sucio. De segunda mano. No tiene garantía, ni conservo el ticket de compra. No se refleja en los espejos ni puede captarse en las fotos. Solo yo puedo notar como se vuelve viscoso, negro azulado, inerte. Puede que de inutilidad desaparezca. Así, sin más. Como el grano con photoshop. Como la cartera en el BurgerKing. Puede que en el futuro pueda desgajarse con alguna cápsula roja. Puede que intenten reducirlo a escala guisante para luego poder llenar empanadillas con él.

Se alquila. Periodo breve y sin fianza. Con dos capas de pintura y una cortina de baño de Ikea, como nuevo. Con vistas a la pareja de vecinos wapos y macetas de serie. ¿Aluminosis? Se siente, haberlo pensado antes.

domingo, 21 de octubre de 2007

¿Alguien tiene bombillas de bajo consumo?


Te has dejado las luces encendidas y no se como apagarlas. Me escondes la manera, me escondes las llaves, te escondes. Me has contaminado. Que sepas que la contaminación lumínica está penalizada por el protocolo de Kioto. No lo van a pasar por alto. Y no vale escusarse en la ignorancia o el descuido. Si sabes donde está la clavija para ver, sabes donde está la clavija para no ver. Seguro que las has tapado con cinta aislante, con esparadrapo, con tiritas pintadas de blanco para camuflarlas en las paredes. Seguro que ni tu sabes ya donde estan. No las encontrarias aunque quisieras.

Para arreglar eso estan los fusibles. En esa cajita cerrada con tapa de PVC. Detrás de la puerta de la entrada. Reset. Apagón y se rehizo la luz. Habitación tras habitación, voy buscando ese interruptor para que la factura no me resulte inpagable. Solo me falta encontrar dos. Las dos luces más intensas que he visto en mi vida. La que me deslumbró y la que me hizo perder la vista por 39 minutos. Y se que cuando las encuentre, dejaré de una vez por todas de engordar esa factura que necesito dar de baja ya. Por mi y por Kioto.