
No se que me pasa, pero desde que tomé la decisión de que no volverías a ayudarme a escribir me he quedado bloqueado. El escritor bloqueado, ese que tiene la chicha pero no consigue sacarla de sus entrañas. La mano con picadura de avispa, de la que no sale el veneno ni con barro, ni con amoníaco, ni con meado. Tal vez no sea tan fácil despedirme de ti. Tal vez no solo sea hacerlo, sino que incluso me lo tengo que creer.
Estoy seguro que me serás más útil en el recuerdo. Recuerdo sano pero como si te hubieses dejado un libro en casa. Entonces el libro en esa estantería de marfil solo se abrirá cuando necesite escupir. Extraer eso que me bloquea por querer pegar un portazo cuando en realidad no es mi estilo para nada. La puerta se tiene que acompañar con tacto, hasta el final, sin fuerza sino con armonía hasta que cierra. Así es como se consigue un cierre mucho más suave, menos ruidoso y las paredes del piso no tiemblan.
La gente que pega portazos carece de sensibilidad periférica. Incluso diría que tienen subdesarrollado el don de las relaciones afectivas entre personas. La gente que pega portazos no sabe que de un soplo estan derribando el castillo de naipes más bonito que han visto en su vida. Esa gente no tiene ni idea de lo que pierden cada vez que se junta puerta con marco. Hasta que tragan saliva y parpadean.
No intento hacer pasar el agua por donde no quiere. Tampoco puedo reciclar las pilas porque no se donde hacerlo. Lo que sí se es que el vino, para que sea bueno, con cuerpo, tiene que reposar. Al igual que tu recuerdo, que tu perdón.
En mi memoria reside el mantonegro. En la tuya, vinagre de módena.


