sábado, 12 de enero de 2008

Caballeros are died

Descubrir que ya no existen los caballeros marca un antes y un después. Es incómodo pensar que tu próximo marido ya no te traerá tostadas con mermelada de arándanos a la cama. Ni siquiera un vaso de zumo de tetrabrick. Por no hablar del día de tu futura boda, que preferirás llegar a pié al evento a tener que ser tu misma quién abra la puerta del coche. Los caballeros han muerto. Y quizás Don Juan se haya encarnado en un tunning cualquiera, cansado de rondar veinte noches a la misma mujer con sus mejores modales. Don Juan sabe que hoy, el trabajo dura una sola noche. Si llega a una segunda, se le retira el título de ipso facto. D.J. Las siglas que banalizaron su significado. 

Descubrir que la palabra honor suena arcaica y decadente ya es el acabose. Mas si los caballeros han muerto y los hombres dejan de vivir con y por su honor, ¿que podemos esperar de quienes nos rodean? Honor es el mejor complemento de nombre para definir a un marido. Honor no es igual a medalla, ni a servidumbre, ni a esclavitud. Habría que promover una campaña mundial para revalorizar la palabra honor, venderla en frascos pequeños en los gourmets cual delicatessen. Instaurar el Instituto del Honor y nombrar una comitiva de sabios y honorables representantes.

Cuando te pida matrimonio, ten presente solo dos cosas. Un marido sin honor y sin caballo nunca será un buen marido.


martes, 8 de enero de 2008

Zebolla

Se apagó el cañón de luz que la iluminaba y cayó en la más absoluta invidencia. Le habían quitado años de encima, más concretamente, cuatro partos de grasa que la hacían cantar todos los viernes. Excepto alguno que estaba con catarro. Nunca le gustó su voz nasal.

Con sueño en la cara, su cerebro no paraba de sentir que estaba rodeada. Batas verdes, que no de boatiné, y utensilios por doquier. Esta vez no eran para remover la turba ni para abrillantar las hojas de los ficus.

Había amortiguado cuatro dolores escondidos. El caso es que ya no le dolerían jamás. Habían desaparecido bajo las luces amarillas que la vieron abierta. Ojalá nuestro órgano más rojo tuviera esa misma capacidad, como si de una cebolla se tratase. Cada año fabricaría una capa más, y así sucesivamente. De forma que los latidos se escucharan cada vez menos y los dolores empequeñecieran año tras año. No siempre pasa que el tiempo genera capas. Hay corazones muy pequeñitos que pueden atravesarse con solo una chincheta. Los hay del tamaño de una piedra de río. Incluso se han encontrado especies que tienen dos tipo canicas. Hay alguien que por muchas capas que genere, nunca podrá desprenderse de la peste que emana su cebolla podrida.