Se apagó el cañón de luz que la iluminaba y cayó en la más absoluta invidencia. Le habían quitado años de encima, más concretamente, cuatro partos de grasa que la hacían cantar todos los viernes. Excepto alguno que estaba con catarro. Nunca le gustó su voz nasal.
Con sueño en la cara, su cerebro no paraba de sentir que estaba rodeada. Batas verdes, que no de boatiné, y utensilios por doquier. Esta vez no eran para remover la turba ni para abrillantar las hojas de los ficus.
Había amortiguado cuatro dolores escondidos. El caso es que ya no le dolerían jamás. Habían desaparecido bajo las luces amarillas que la vieron abierta. Ojalá nuestro órgano más rojo tuviera esa misma capacidad, como si de una cebolla se tratase. Cada año fabricaría una capa más, y así sucesivamente. De forma que los latidos se escucharan cada vez menos y los dolores empequeñecieran año tras año. No siempre pasa que el tiempo genera capas. Hay corazones muy pequeñitos que pueden atravesarse con solo una chincheta. Los hay del tamaño de una piedra de río. Incluso se han encontrado especies que tienen dos tipo canicas. Hay alguien que por muchas capas que genere, nunca podrá desprenderse de la peste que emana su cebolla podrida.
2 comentarios:
Com ha anat?? Lo han entendido??
ai.. Sóc l'aina!!
Publicar un comentario