sábado, 3 de noviembre de 2007

A de amargo

Lo tengo enfrente de mi ventana, cada día y a todas horas. Lo tengo claro.

No me importa tumbarme en un sofá húmedo, siempre y cuando sea de lluvia. Detrás de los barrotes vamos a construir nuestro microclima, también para la maceta mayor y la aloe vera. En ese estadio sin cojines pasaremos las mejores veladas, sin que las miradas ajenas puedan interrumpir la dirección de mis palabras ni la parábola de tus retinas. Enmarcados en un fondo blanco, el hierro se convertirá en la cuarta pared. El techo oscuro salpicado subirá hasta lo más alto.

Ya no hablamos con vocales. Simplemente nos miramos. La i de ingenuos. La a de amargo. La e que contiene tu nombre. La o de ocultos. La u no la usamos.
Nunca me fío de un hombre que no bebe. Ni de nadie que lleve siempre los zapatos relucientes. En nuestro tejado iremos descalzos, etílicos de vocales. Desnudos para comer, como a ti te gusta.
Sólo a una calle de distancia.

A todas horas y cada día enfrente de mi ventana, lo tengo. Claro.



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